Valores Santander

Valores Santander, los valores que provocan desvalor

¿Comprarías unas zapatillas cuyo precio no está determinado ni al principio ni a medio plazo y que además sea el vendedor el que decida cuándo y cómo lo pondrá? ¿comprarías las mismas zapatillas sabiendo que seguramente estés comprando un pantalón?

Uno de los mayores bancos a nivel mundial, y por supuesto a nivel estatal, es el Banco Santander, cuyas actuaciones, a veces, dejan entrever que el término “mayores bancos” no es fruto de unas diligentes y honestas medidas. En el año 2007 el banco decide aliarse junto a otros dos potentes bancos, como son el Royal Bank of Scotland y Fortis, para obtener mediante una OPA uno de los mayores grupos financieros de toda Europa, el grupo holandés ABM AMRO. Como es lógico hace falta una enorme financiación para poder pagar la compra, ¿cómo la consigue? Sencillo, se le pide dinero a las personas que saben que de seguro se lo van a dar ¿colegas banqueros?, en absoluto. Sus clientes. Pero, ¿cómo conseguir en un plazo aproximado de 15 días una ingente cantidad de 7.000 millones de euros? Ofreciendo un producto muy atractivo y con una rentabilidad segura para aquél que invierta su dinero. Dinero que por cierto nadie les ha regalado a los clientes minoristas que invirtieron las cantidades que consideraron bajo el paraguas de la confianza con su sucursal de toda la vida.

Las opciones eran muy sencillas para el entendimiento del cliente habitual y futuro comprador del producto: si no se efectuaba la compra del banco holandés el producto se comportaría como una renta fija, similar a un depósito al 7,50%, o, por el contrario, si se efectuaba la compra la obligación adquirida se convertiría en acciones. Parece todo muy coherente, entonces, ¿dónde está la trampa? La compra del banco holandés era segura ya que antes de emitir el producto distintas personalidades de los grupos financieros intervinientes ya habían acordado que la compra se iba a llevar a cabo, como finalmente sucedió. El cliente era informado mediante un tríptico informativo yéndose a su casa con la sensación de que había invertido en un producto con rentabilidad segura, bajo o nulo riesgo y habiendo depositado en la persona que le atendía a diario y que más de uno había forjado incluso una relación de amistad, algo que con el tiempo había ido creciendo, la confianza. Dicha cualidad fue el pretexto necesario para colocar el producto en tan poco tiempo a tantos clientes.

Era entonces seguro que las obligaciones compradas por el cliente a un precio de 5.000€ cada una iban a ser canjeadas por acciones del banco cuyo precio el cliente jamás conocería hasta muchos meses después, por tanto, ¿algún cliente compraría un producto cuyo precio de conversión no está determinado en el momento de la compra sabiendo que hay altas probabilidades de perder más del 50% del capital invertido? En mi humilde opinión, pocos o ninguno. La mezcla reactiva entre confianza y desconocimiento de los riesgos de un producto financiero nuevo provocó, como se ha visto, un desvalor de calado masivo. Ningún cliente ha ganado con esta operación ¿casualidad? ¿riesgo calculado?, más bien dinero tirado por la borda.

Una vez hecha la operación, captado el dinero y efectuada la compra del banco holandés, el banco Santander tenía un margen de tranquilidad hasta el año 2012, año en el cual se produce la última conversión de las obligaciones necesariamente convertibles en acciones. Acciones que, por cierto, tenían un precio superior al que se le prometió a los clientes. Como todas las cosas hechas mal y pronto el producto derivó en una pérdida masiva de dinero para todos los clientes, muchos de ellos personas de avanzada edad cuyo único propósito era invertir el capital que habían ganado en toda una vida de trabajo y sacrificio para incrementarlo y dejárselo a sus nietos. Sueño que muchos de ellos hoy día no han visto ni verán realizado.

Y aquí comienza el lío. Jueces que reciben demandas por la pérdida de dinero que no entienden el producto, peritos cuya profesión puede ayudar a aclarar los términos y riesgos de la compra que tampoco saben lo que el banco ofrecía, personas impotentes al ver como perdían contra el gigante que tenían enfrente. En fin. Una batalla aparentemente perdida. Sin embargo, tras mucho pelear e intentar una y otra vez esclarecer la verdad se ha conseguido que muchos tribunales vean la esencia del engaño y el perjuicio ocasionado, por lo que ha dado comienzo la construcción pieza por pieza del puzle de la verdad, de resarcir daños a los consumidores que honradamente han depositado el dinero que han ganado, de dejar claro que el término “amigo” en el mundo financiero tiene connotaciones más de interés propio que ajeno, de que el Derecho puede hacer equilibrar la balanza y “dar a cada uno lo suyo”. Y por supuesto, hacer ver que una cosa es clara, que la esencia de la lucha no está en la pérdida o victoria de la misma, sino en levantarse y continuar la batalla hasta el final.

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